Quiero retomar mi blog, tras unos meses ausente, publicando este relato que redacté hace diez años, a modo de conmemoración personal a las víctimas del terrorismo, ya que esta semana se han cumplido veintidós años del espantoso atentado yihadista del 11 de marzo de 2004, el más virulento en toda la Historia de nuestro país. Además, hace un mes se cumplieron la friolera de treinta años del asesinato a manos de la banda terrorista ETA de Francisco Tomás y Valiente, catedrático de Historia del Derecho y presidente del Tribunal Constitucional entre 1986 y 1992.
Se trata de un relato ficticio inspirado en acontecimientos históricos reales. En él, un antiguo alumno del profesor Tomás y Valiente llamado Jaime comienza a escribir desde la más sincera consternación un diario precisamente el 11 de marzo de 2004 para narrar su recuerdo del asesinato del profesor, ocho años antes. La admiración por la figura del magistrado, la defensa de la democracia y los derechos humanos, la repulsa del terrorismo e incluso el amor se entrelazan en esta corta narración.
DIARIO DE UN DEMÓCRATA
11 de marzo de 2004
Querido Diario:
La consternación que sufro por el horrible atentado terrorista que hoy hemos tenido que soportar en España, el más sanguinario de nuestra Historia, más brutal incluso que el del Hipercor de Barcelona en los ochenta, que ha segado muchas almas y ha colapsado de heridos los servicios de urgencias -deseo con todas mis fuerzas su total recuperación-, me ha impulsado a desahogarme comenzando a llenar tus páginas tras tenerte mucho tiempo en el olvido, acumulando polvo sin desprenderte del celofán que te protegía de la intemperie. Un ser muy querido te regaló a mí y ahora quiero compensar tu espera compartiendo contigo mis sentimientos, aunque hayas tenido la mala fortuna de que estas primeras letras que te dedico destilen tristeza.
Con el mazazo de hoy no he podido evitar recordar otro episodio trágico de nuestra Historia reciente que me tocó muy de cerca: el asesinato a manos de la banda terrorista ETA del expresidente del Tribunal Constitucional y catedrático de Historia del Derecho Francisco Tomás y Valiente, hace poco más de ocho años. Yo era un estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid al que le gustaba acercarse de vez en cuando por su despacho a saludarlo, comentar un poco la actualidad y preguntarle por los intramuros de las instituciones. Me enorgullezco de reconocer que habíamos forjado una amistad totalmente sana y desinteresada tras darme una lección de humildad el curso anterior -amén de otras muchas lecciones jurídicas, obviamente-, cuando fui a su despacho a pedir una revisión de examen porque consideraba que merecía una matrícula de honor, no quería conformarme con el sobresaliente. El docto catedrático me hizo ver que mi nota era muy justa y lo hizo con mucha sencillez, elegancia y claridad: él era así, un sabio y un hombre de bien, a quien yo admiraba profundamente y a quien deseaba parecerme aunque fuese únicamente un poco. A día de hoy me planteo muchas veces lo necesario que resultaría seguir contando con la mente clara y limpia del profesor Tomás y Valiente. Me pregunto, por ejemplo: ¿qué pensaría el profesor sobre la Guerra de Irak? Seguro que habría publicado artículos en contra, alegando que ese conflicto bélico vulnera flagrantemente la legalidad internacional. Pero bueno, no me quiero desviar. Como he dicho, acudí a su despacho aquella mañana porque sabía que ese día había examen y supuse que estaría. No quería entretenerlo mucho, solo iba a ser un momento para interesarme por su salud, pues sabía también que la semana anterior había estado enfermo.
Enfilaba el pasillo que daba a su despacho cuando escuché tres ruidos ensordecedores, tres disparos, y vi salir como un bólido del mismo a un tipo con la respiración agitada y pistola en mano, con la que apuntaba a todo el que encontraba a su huida. Pasó por mi lado y al encañonarme me quedé paralizado por el pánico. Cuando volví de ese estado de shock, vi un revuelo enorme de gente y comprendí lo que había pasado: un asesino había matado a mi buen profesor. No veía justificación alguna: era un demócrata, un gran defensor del Estado de Derecho, un hombre decente, joder. Lloré amargamente y me quedé allí tal como pidió un profesor que había llamado a la Policía. Al poco rato llegaron unos agentes y me intentaron tomar declaración, pero me resultó imposible articular palabra. Facilité a los agentes mis datos personales y quedamos en que acudiría a comisaría al día siguiente a declarar, cuando estuviese más tranquilo. Bajé las escaleras y crucé el umbral de la puerta del edificio como un autómata, por lo que no me di cuenta de que choqué con una chica. Todavía con lágrimas en los ojos me disculpé y me di cuenta de que era una compañera mía de clase:
-¡Ma, Marina! ¡Joder, perdona, estoy que no soy yo! -me disculpé, balbuciendo.
-¡Nada, Jaime! ¡Estás llorando! ¿Qué ocurre? Se han oído como disparos -contestó Marina, mi compañera de clase.
Hago un inciso. Perdóname, Diario, he debido comenzar diciéndote mi nombre: me llamo Jaime María Medina Roldós. Continúo con la conversación:
-Marina, un malnacido se ha cargado al profesor Tomás y Valiente; ha entrado en su despacho y ¡pam, pam, pam! -dije, preso de un ataque de ansiedad.
-¡Venga, ya, eso no puede ser! ¿Quién iba a querer cargarse a un profesor de Universidad? -contestó Marina, horrorizada.
-Marina, -comencé a argumentar-, el profesor ha sido presidente del Constitucional hasta hace pocos años y ya has visto cómo están los canallas de la ETA, que se cargaron la semana pasada a un político vasco -se trataba de Fernando Múgica-. Seguro que han sido esos cabrones: el profesor ha escrito últimamente en la prensa durísimas palabras contra los terroristas -zanjé, totalmente convencido.
-¡Ay, Dios mío! ¿Y tú estabas cerca?
-Sí, Marina -dije, con la voz entrecortada por el llanto, que volvió a invadirme-. Mantenía buena relación con él y de vez en cuando iba a saludarlo a su despacho. Hoy iba a preguntarle por su salud porque la semana pasada estuvo malo.
-¿Pero has visto al tío que se lo ha cargado, Jaime?
-Sí, he oído los tiros que me han retumbado en la cabeza y he visto salir a ese hijo de puta corriendo como alma que lleva el diablo, apuntando con su pistola a todo Dios. Me ha apuntado a mí también y no me he cagado en los pantalones de milagro. Mañana tengo que acudir a comisaría a declarar.
No podía dejar de llorar y Marina me ofreció un pañuelo de papel y me abrazó para consolarme. Enseguida noté su calidez y pude tranquilizarme un poco, respirar mejor y contener el llanto, pero todavía me temblaba el pulso. Marina reanudó sus palabras:
-Mira, Jaime, así ahora mismo no te vuelvas a tu casa. Estás hecho polvo y con el shock lo mismo cruzas un semáforo en rojo y te atropella un coche. Vamos a una cafetería y te tomas una tila y yo te acompaño con otra que esto es un palo de narices ¡Dios, qué desgracia, cobardes de mierda!
Hasta aquel día nunca había intercambiado con Marina mucho más de un hola y un hasta luego. Alguna vez habíamos hablado de algún asunto relativo a la carrera pero poco más. Era una chica rubita y menuda, de tez clara. Solía llevar el pelo recogido en una cola de caballo y vestía habitualmente con suéter y vaqueros. Yo la veía muy guapa pero, sobre todo, lo más fascinante de ella es que irradiaba ternura. Hablamos y hablamos hasta que nos dio la hora de comer. Yo le conté cosas sobre el profesor, que era un auténtico defensor de la democracia y de los derechos humanos, que me gustaba leer sus artículos de prensa, que era un gran hombre y lo admiraba muchísimo. En definitiva, que se me iba un mentor, pero también un amigo muy querido, alguien a quien recordaría para bien toda mi vida. En la televisión de la cafetería salió el avance de las noticias en el que se explicaba lo ocurrido, se confirmaba la autoría de ETA, que había reivindicado el atentado, y se avisaba de las manifestaciones en su memoria y contra el terrorismo que habría en los próximos días. Esa misma tarde, miles de estudiantes nos concentramos en la universidad en repulsa por aquel vil atentado, aquella repugnante exhibición de inhumanidad. Nos pintamos las manos con pintura blanca para demostrar que las nuestras no estaban manchadas de sangre como las suyas y gritamos ‘¡Basta ya!’
El 19 de febrero de 1996, cinco días después de su asesinato, un millón de hombres y mujeres nos echamos a la calle en Madrid indignados por el asesinato del profesor y exmagistrado Francisco Tomás y Valiente. Le mandamos un mensaje muy claro a los terroristas: que la calle pertenecía -y pertenece y pertenecerá siempre- a los demócratas, a quienes amamos la paz y respetamos a los demás. Marina y yo, y mucha más gente de bien, estuvimos allí, mostrando de nuevo nuestras manos pintadas de blanco y repitiendo el grito ‘¡Basta Ya!’. Sentimos que ese era nuestro deber como ciudadanos y ciudadanas y sé que el profesor se habría sentido muy orgulloso de mí y de Marina y de toda esa gente que exigía el fin de la violencia. No por él, porque era un hombre nada soberbio ni vanidoso, sino porque recuerdo perfectamente que él insistía siempre en que el sentido del deber es una virtud cívica que había que cultivar en las instituciones públicas para prestigiarlas pero también desde la sociedad civil, como ciudadanos y ciudadanas preocupados por estar bien formados e informados y activos en la defensa de las causas honestas.
Por ese mismo sentido del deber cívico colaboré y siempre colaboraré con el Estado de Derecho en todo lo que me sea posible hasta que sus enemigos, quienes pretenden subvertir la democracia y las libertades, sean completamente derrotados. Hombres y mujeres como Tomás y Valiente lo tenían y lo tenemos muy claro: hay que luchar hasta lograr la victoria de los demócratas, pero esa victoria sólo será tal si se obtiene dentro de los cauces constitucionales, que excluyen la pena de muerte, la tortura y cualquier otra actuación que nos rebaje al nivel de los malos. Sí, los malos, no existe una expresión que defina mejor a esa gente. La democracia y el Estado de Derecho no son perfectos y sus garantes -políticos, jueces y demás altos cargos- menos incluso, pero siempre serán infinitamente superiores a quienes hacen de la violencia, del sufrimiento y del miedo su bandera.
Dos semanas después hubo elecciones generales. Por edad, era la primera vez que podía ejercer mi derecho a votar y así lo hice con mucha convicción porque entendí que también formaba parte de mis deberes cívicos. Además, la defensa de la democracia, de las libertades y de la paz se lleva a cabo también ayudando a que todo siga funcionando con normalidad.
He de decir también que toda esta pesadilla no me hundió en una depresión en gran parte gracias a Marina: tras aquel fatídico 14 de febrero nos hicimos inseparables y comenzamos a quedar con regularidad para estudiar, tomar café, ir al cine… A ambos nos gustaba también recomendarnos libros, música y películas. Nos volvimos cómplices, en el mejor sentido de la palabra. Un día a finales de mayo, a pocas semanas de comenzar con los exámenes finales, quedamos una tarde para ver una obra de teatro, un último capricho antes de comenzar la etapa de encierro para estudiar. Se nos hizo de noche y decidí acompañarla a casa. Nos despedimos en el portal y reuní el valor suficiente para hacer lo que llevaba un par de meses queriendo hacer: la besé en los labios. Ella me miró con cara de sorpresa y me sonrió como solo ella sabe hacerlo. Me dijo:
-¡Vaya, por fin te has decidido! -exclamó Marina.
-Yo, yo… -contesté titubeando-. En fin, lo siento.
-¿Lo sientes? ¡Pues vaya, yo creía que te gustaba un poco, ja, ja, ja! -contestó ella, quedándose conmigo.
-¡Joder, qué vergüenza! -musité yo, deseando que me tragase la tierra.
-¡Venga, hombre, échale narices!
Saqué fuerzas, no sé de dónde y, con la mirada perdida empecé a soltar como una metralleta -metralleta por la rapidez con la que hablaba y porque me temblaba la voz- todo lo que llevaba guardándome desde hacía tiempo:
-Marina, eres una mujer preciosa por dentro y por fuera. Dulce, tierna y muy inteligente ¿Cómo no iba a volverme loco por ti? Me gusta todo lo que dices, lo que piensas, lo que opinas, hasta cuando no estamos de acuerdo. Me encanta que seas como eres y…
No pude seguir hablando porque esta vez fue ella quien me calló con un beso, un beso largo, cálido, tierno, inexperto pero muy sentido. Cuando separamos nuestros labios me sonrió de nuevo y a mí me dio la risa floja, esa risa nerviosa e incontrolable que suele dar cuando menos debería. Estuve a punto de romper la magia del momento pero Marina estuvo muy comprensiva. No podía creerme lo que me estaba pasando, me sentí la persona más afortunada del mundo.
Aquel período de exámenes me costó mucho trabajo concentrarme por razones obvias, pero me esforcé al máximo porque era consciente de que en casa hacía mucha falta que mantuviese la beca. Los exámenes por fin terminaron y en casa de unos colegas se celebraba una fiesta estupenda de fin de exámenes. Le pedí a Marina que fuésemos pero que no nos quedásemos mucho rato, que quería estar a solas con ella, celebrar juntos de forma íntima el primer día de las vacaciones. Aquella noche calurosa de verano hicimos el amor por primera vez y fue más maravilloso aun de como siempre lo soñé. Había estado ahorrando durante los dos últimos meses como una hormiga para poder pasar juntos una noche en un hotel modesto pero bastante apañado. Tenía clarísimo que no quería que nuestra primera noche fuese en un coche o en la habitación del piso de estudiantes de un amigo. Tenía que ser especial y lo fue. Estábamos muy nerviosos, para ambos era nuestra primera vez, temblábamos y teníamos miedo, vergüenza, yo que sé… Poco a poco fuimos tranquilizándonos y comenzamos a besarnos, a acariciarnos… Fue indescriptiblemente bello recorrer cada centímetro de su piel con la yema de mis dedos y entrelazar las manos y estrecharnos para unir nuestros cuerpos.
Por la mañana me despertó el sol entrando por la ventana de la habitación. Ella todavía dormía y pude admirar su placidez, la de un ángel descansando. Despertó, se frotó los ojos, me miró y me sonrió:
-¿Cuánto llevas despierto? -me preguntó.
-No sé, media hora quizá. Estaba contemplándote, velándote el sueño. Te he visto feliz y no quería despertarte -le contesté.
-Será que lo soy, je, je. Jaime, te quiero pero solo un poquito, ja, ja, ja. No te lo vayas a creer mucho tampoco -me dijo en tono cariñoso y a la vez burlón, como hablaba a veces.
-Yo también te quiero, amor mío. Te quiero mucho, Marina, muchísimo. Hoy puedo decir que soy feliz.
-Mi padre te va a matar, ja, ja, ja ¡Has desvirgado a su hijita!
-¡Lo mismo que tú a mí, ja, ja, ja!
Hoy, ocho años después, Marina y yo seguimos juntos. Ambos terminamos Derecho y ahora ella está de pasante en un despacho de abogados. Lleva varios años y cobra muy poquito, pero los dueños del despacho están muy contentos con ella. Esperamos que más pronto que tarde empiece a cobrar un salario más digno y consiga algo más de estabilidad. Las pasantías en los bufetes, ya se sabe. Yo, por mi parte, estoy opositando a Técnico de la Administración General del Estado. Espero conseguir por fin este año una plaza que me permita desplegar mi vocación por la res pública, la “cosa pública”, los asuntos que a toda la sociedad conciernen. Marina y yo tenemos planeado casarnos cuando ambos tengamos empleo estable, tener un hijo y adoptar otro; es nuestro proyecto de vida, nuestro plan para ser felices.
Aquel año, 1996, Marina y yo elegimos vivir y ser felices. Un suceso tan trágico como fue el asesinato de nuestro querido profesor Francisco Tomás y Valiente nos unió y sé que el profesor se alegraría muchísimo por nosotros. Los terroristas se nutren de la muerte y de que quienes sobrevivan deambulen muertos en vida, cautivos de su propio miedo, sin poder disfrutar de ese regalo que nuestros padres nos otorgan al concebirnos. El Estado social y democrático de Derecho, con sus deficiencias, no nos garantiza la felicidad pero es la herramienta más útil que las personas hemos inventado hasta la fecha para cuidar en paz de nosotros mismos y proveernos de los recursos para conseguir esa felicidad, que es lo que da sentido a la vida misma, a la sociedad, ser felices respetando a los demás. Es nuestro mayor patrimonio colectivo y por ello debemos esforzarnos por protegerlo y mejorarlo.
El atentado terrorista de hoy no nos quebrará a los demócratas, que somos los buenos. Este domingo hay elecciones generales y, una vez más, volveré a cumplir con mi deber cívico, convencido de que los españoles y las españolas daremos una lección de madurez democrática con la fuerza de la razón.
FIN
Imagen: Francisco Tomás y Valiente. Fuente: https://www.tribunalconstitucional.es

No hay comentarios:
Publicar un comentario